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¡Es hora de actuar: anarquistas presxs a la calle!

Hace ya mas de cinco meses que tenemos a dos compañerxs anarquistas dentro de las rejas del sistema carcelario español, son muchos los soles que les han sido robados. Ellxs han hecho de estos días muestras de fortaleza y de dignidad, mostrando sus sonrisas y su integridad detrás del cristal.

Mónica Caballero se encuentra en la Prisión de Ávila en régimen F.I.E.S bajo medidas represivas extraordinarias. Francisco Solar se encuentra en la prisión de Córdoba, también bajo el régimen F.I.E.S, y de la misma manera que a Mónica, se le aplican las restricciones del articulo 10, sumando que además tuvo restricción de llamadas telefónicas.

Las políticas estatales en relación a los movimientos sociales o a los movimientos de respuesta a la crisis económica, son claras. Las consecuencias en los recortes laborales traen siempre de la mano los “recortes” en las “libertades” de los que se manifiestan en relación a dichas leyes. Los políticos prevén respuestas sociales, y para eso se modifican algunas leyes y se invierte más en el Ministerio del Interior. Ellxs justifican estas muestras de sinceridad democrática con la frente alta en los medios de comunicación, culpando a todos aquellos que se atreven a cuestionar y a salir de la legalidad y la normalidad capitalista que necesitan para continuar hoy con este gran negocio que los economistas han bautizado como Crisis.

Se dibuja así un enemigo de la paz y la estabilidad social, pero al haber respuestas tan diversas (trabajadores, desempleados, pensionistas, estudiantes, etc.) no les conviene señalar específica y masivamente a nadie como “el enemigo”, sino que utilizan la vieja táctica de buscar dentro de los que hacen ademanes de rebelarse o en los dichos movimientos sociales, al verdadero enemigo: pero ya no es un grupo fijo, sino quiénes o quién actúe de determinada forma, y ni siquiera es calculado con un nivel de violencia (aunque muchas veces lo asocian a ella) sino con quienes o quien logra poner en duda su poder o su capacidad de “gobierno”.

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Veo pasar el tiempo,
Que arranca mi juventud,
Juventud asesinada,
De hormigón es mi ataúd.
Ataúd que va en silencio,
Navegando en el olvido,
Lleva dentro el tormento,
De mis gritos no hay testigos.

Tratado como una bestia,
Pisoteada mi dignidad,
En la celda de castigo,
Me golpea un animal,
Golpes que ya ni siento,
No paro de temblar,
Electrodos rompen mi cuerpo,
Me acabo de orinar.

Funcionario de prisiones,
Llaman hoy al carcelero,
Perro fiel que bien guardas,
Las llaves del infierno,
Infierno de los pobres,
Paraíso de los ricos,
El dinero es lo que cuenta,
Lo que menos el delito.

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Don Crispín era un hombre bajito, metódico, ordenado, de costumbres fijas. Me atrevo a confirmar que en su afán por el orden, vivía secuestrado por la puta manía. Cuando a las siete y diez de la mañana sonaba el despertador, abría los ojos y durante veinte minutos en la cama, planeaba en su mente lo que cada mañana hacía con obsesión. Las siete y media hora de levantarse, las zapatillas alineadas, una pastilla blanca y otra azul colocadas junto al vaso de agua, esperaban con él la diaria función. La cafetera en la cocina cargada de café, se hacía con el ruido de una locomotora vieja mientras que Don Crispín se lavaba la cara, para después batallar con el peine en su calva. Había perdido el pelo antes de los cuarenta y ahora con cincuenta, tres pelos le asomaban como pidiendo guerra a aquel señor, que pretendía a toda costa peinar diez pelos en vez de dos. Vestido de uniforme se remataba el nudo de la corbata verde en el espejo, sujetaba el tricornio en su cabeza y contando los pasos llegaba hasta la puerta, echaba el último vistazo alrededor y satisfecho bajaba los escalones de uno en uno o de dos en dos, según el día de la semana. Don Crispín era un hombre vacío, sin nada bueno en su interior, jamás hasta su casa había llegado ni un ápice de amor. Incapaz de asomar una sonrisa a su cara, en su severo gesto de soberbia reflejada, se imaginaba siempre ganador. Ya en la calle con paso firme se abría paso entre la gente, la cabeza tiesa como si de un desfile se tratará el recorrido, hasta la institución donde prestaba sus servicios de nueve a dos. Don Crispín miraba al frente ignorando a la gente, o alguna voz que entretuviera y hasta se imaginaba que cuando caminaba el mundo entero le miraba como si fuera un Dios. Giró en la primera calle a la derecha un dos tres cuatro… cinco pasos y otra calle con la mirada al frente con su gesto severo de eterno campeón de batallas de mierda. ¡¡¡CrakkkPlafffffffkataplafffff!!! Don Crispín en el suelo sin respiración, sin pensamiento, sin obsesión, sin la mirada al frente, esparramado sobre un charco de sangre. Una maceta enorme partida en mil pedazos, la tierra esparramada por el suelo, apenas a unos pasos de aquella institución donde prestaba servicios a la patria de lunes a domingo… de nueve a dos. Ji, ji, ji, ji me lo cargué…

Anchy

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Esto era una tarde de invierno en el vestíbulo de una prisión-fortaleza levantada con bloques de granito en la calva meseta. Grupitos de personas esperan en silencio, mordiéndose la lengua, a que los carceleros, tras cristales y rejas, les abrán la garita para ponerse en fila para que les revisen las bolsas donde con extremo cariño han metido las cosas que les llevan a sus presos. Algunos se calientan las manos y echan fumo por la boca. Los carceleros siguen con su tertulia haciendo caso omiso. Una mujer de sombrero de fieltro está sentada en un banco junto a dos lacorrillos gitanos que balancean los pies en el aire porque no alcanzan el suelo. Tendrán unos nueve o diez años. En esto aparca un taxi delante del portón y unas piernas potentes toman tierra y nos muestran a todos el color de sus bragas. Qué pedazo de pivón madre del alma. Entra pisando fuerte la rubia subida en sus tacones de estilete. Ras ras ras. La rubia se pasea indolente mirando a todo cristo por encima del hombro, se compone el carmín de unos labios sedientos que su churri se muere por besar en el vis intimo. Entonces los guindillas de uniformes casposos salen todos a una de detrás de las rejas. No hacían falta tantos, normalmente con uno es suficiente, que si les roban a la gente algunos minutillos del tiempo de visita, a ellos se la trae floja. Pero el pivón superlativo lo merece. Los guindillas se pasean fingiendo estar atareados observándole el culo de reojo a la rubia de falda apretujá entre los muslos. La miran y remiran los babosos pululando como moscas sin quitarle los ojos de sus cachas. Entonces el niñito gitano sentado junto a la dama del sombrero le da un codazo a su primo y exclama: «Ja,me maten,primo. Diquela: Los vigilantes de la paya». Y la mujer del sombrero que teníe el corazón encogío, de pronto estalla en una sonora carcajada. La chispa de la vida –piensa– puede saltar en cualquier parte mientras tengas al lado un lacorrillo de raza gitana.

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Después de que el pasado 8 de enero la guardia civil detuviera por orden de la Audiencia Nacional a ocho personas, acusadas al parecer de pertenencia a ETA, entre las que había varios abogados defensores de presos políticos vascos, formando todas parte del colectivo presentado en diciembre pasado con la intención de facilitar la interlocución con los presos vascos, en una operación que, según el ministro del interior sería continuación de la redada contra Herrira de septiembre. El 11 de enero, Bilbao ha sido el escenario de una movilización histórica de independentistas y nacionalistas que, con el lema «Giza Eskubideak, Konponbidea, Bakea» (Derechos Humanos, Acuerdo y Paz) exigían la resolución del conflicto y expresaban su apoyo a los presos políticos vasco. Unas 130.000 personas marcharon por las calles de la ciudad vizcaína durante hora y media. Convocaron la manifestación el  PNV, Sortu, Aralar, EA, Alternatiba, Geroa Bai, ELA y LAB.  Las organizaciones  nacionalistas e independentistas votadas por más de la mitad del electorado de Euskal Herria, plantaron cara todas juntas –el PNV por primera vez desde 1999– al gobierno y poder judicial españoles manteniendo la convocatoria de manifestación contra la dispersión de los presos vascos a pesar d ela prohibición. Según GARA, unas 90,000 personas se han dado cita en el recorrido ‘oficial’, mientras que alrededor de 40,000 han secundado la marcha por calles adyacentes ante la imposibilidad física de compartir todos un único espacio,con un total de 130,000. La Policía municipal de Bilbao ha cifrado entre 100.000 y 110.000 el número de asistentes.

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La Fiscalía pide una pena de 4.200 euros de multa y 14 meses de suspensión de empleo para un funcionario de prisiones acusado de denegar auxilio a un interno que en mayo de 2009 acabó suicidándose en una celda del servicio de enfermería de la cárcel Quatre Camins de La Roca del Vallès (Vallès Oriental).

En su escrito de calificación, el ministerio público acusa de un delito de denegación auxilio al funcionario de prisiones, por desoír de forma «consciente» los diversos requerimientos de los compañeros de celda del fallecido para que lo socorriera. El recluso estaba ingresado junto a otros dos internos en una celda de la enfermería del centro de Quatre Camins, donde permanecía en tratamiento psiquiátrico con un diagnóstico de ansiedad somatizada.

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[audio: https://ia600407.us.archive.org/3/items/MarchaTeixeiro2014/MarchaTeixeiro2014.mp3]

 

Fuente: http://akalimera.org

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http://www.youtube.com/watch?v=MDMBd2npgiQ

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Julie Wark ha escrito un manifiesto para la justicia. Titulado simplemente Manifiesto de derechos humanos, su libro examina la Declaración de los derechos humanos de las Naciones Unidas y la compara con la situación actual: Queda claro con ello que hemos fracasado como especie. Si bien hay muchas culpas a repartir, desde los activistas que han abandonado la batalla hasta aquellos que se han convencido a sí mismos de que los actuales sistemas políticos y económicos pueden remediar las violaciones diarias de los derechos humanos, el grueso de la culpa recae en los grandes violadores de estos derechos. Es decir, los gobiernos, sus militares y agentes políticos y sus cohortes. Sin embargo, se mida como se mida, relata la señora Wark, en última instancia el violador es la economía capitalista en su forma actual: el neoliberalismo.

Este libro destruye el mito de que el capitalismo neoliberal es una fuerza positiva para la humanidad. Lo hace simplemente estableciendo los hechos. De sus páginas surge un ejemplo tras otro de las crueldades y privaciones desatadas en nombre de la libertad empresarial y financiera. Miles de niños muriendo de hambre cada día; bosques, ríos y montañas devastados, esquilmados y destruidos por las máquinas arando bajo el futuro de nuestro planeta; declaraciones de guerra y destrucción de resistencias para garantizar la expansión continua del sistema capitalista que emana de los capitales financieros mundiales. Desde la perversión de las economías agrícolas locales y nacionales vía la manipulación corporativa de la producción a través de la mercantilización de los alimentos y los OGMs artificiales, hasta la apropiación de los fertilizantes y los alimentos vía sanciones, el derecho fundamental de la humanidad a no morir de hambre es denegado. A pesar de los estragos descritos en Manifiesto de derechos humanos, la autora mantiene una esperanza optimista titilando en su letanía de desesperación. Este titileo emana de esta largamente olvidada e ignorada declaración.

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Hoy aniversario de la matanza de Wounded Knee (29 de diciembre de 1890) poco o nada parece haber cambiado para la población nativa americana.

Los dueños primarios del territorio estadounidense, los americanos nativos o indios, fueron sometidos durante siglos a un proceso de destrucción de su cultura, de robo de sus tierras ancestrales, de exterminio y reclusión en áridas y remotas reservas. (1)

La “Indian Removal Act” (Ley de Desalojo) de 1830, los despojó de sus tierras y los obligó a trasladarse a las reservaciones. La historia de Estados Unidos recoge el bochornoso episodio (1838) del “Trial of Tears” (El Camino de las Lágrimas), cuando 17,000 cheroquees fueron obligados a abandonar sus hogares en el norte de Georgia y trasladarse a Oklahoma. En el trayecto de 1,200 millas a pie, en lo más crudo del invierno, alrededor de 4,000, principalmente ancianos, mujeres y niños, murieron en el camino. El robo de sus tierras a las tribus fue una historia de horror sin precedentes.

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