Es muy difícil abarcar en unas pocas líneas la sucesión de sentimientos que hemos vivido en estos días, tanto las 18 personas detenidas en la operación contra Herrira como, imaginamos, las cientos de miles que os habéis indignado ante este atropello. En primer lugar, sorpresa, la de ver a decenas de guardias civiles irrumpiendo en nuestra sede de Hernani en una operación de comando. Abría el grupo un tipo que nos clavaba el láser de su metralleta conforme avanzaba, y detrás venían muchos más que nos arrollaron entre golpes y gritos y nos pusieron contra la pared, apuntándonos con sus armas a la cabeza. Evidentemente, la reunión había terminado, mientras se producían asaltos similares en las sedes de Bilbo, Iruñea y Gasteiz. Y más detenciones.
La sorpresa dio paso a la indignación, al cabreo, pensar que lo habían vuelto a hacer, no entender nada, apretar los dientes y aguantar más de 12 horas esposados, digiriendo lo que suponía todo aquello y, eso sí, reconfortados con los ánimos y la energía positiva que nos llegaba desde la calle. Los mandos del operativo, exultantes, presentaron a los medios los trofeos de su cacería, después nos llevaron a Intxaurrondo y de allí a la Comandancia de Tres Cantos, en Madrid, donde nos pudimos contar y supimos que éramos 18.
