Las cárceles son centros de sufrimiento, todas las personas privadas de libertad sufren, pero sufren todavía más las personas extranjeras, porque las cárceles no están pensadas para ellos, como tampoco para las mujeres presas.
Las personas extranjeras hablan distinto idioma, salvo las procedentes de los países hispanoamericanos. Esto implica que dependen de otros reclusos con su mismo origen, muchos subsaharianos y magrebíes, que conozcan el castellano para resolver cualquier cuestión o problema que les surja en la prisión. Si quieren realizar cualquier reclamación en el ámbito penitenciario, no van a tener un intérprete profesional que intervenga en la comunicación de un interno con el abogado de los Servicios de Orientación y Asistencia Jurídica Penitenciaria, sino que hay que echar mano del intérprete preso, que en muchas ocasiones tiene también un conocimiento limitado del idioma. Y, en todo caso, se acabó el secreto profesional.
Las personas extranjeras sufren traslados arbitrarios, las llevan al Centro Penitenciario que mejor le parece a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, aunque ya lleven tiempo en otra cárcel en la que se hayan abierto camino en el complicado mundo carcelario, se las llevan igual. Nada importa.


