¡Hoy más que nunca, solidaridad y apoyo mutuo!
Siete y media de la mañana. Suena un timbre ruidoso insoportable que te hace levantar. Que te recuerda que no puedes decidir hoy tampoco a qué hora salir de la cama. Te giras y no está la persona que te gustaría que estuviera a tu lado. No puedes decidirlo. Tampoco en esos días en los que todas nos juntamos con la gente que más queremos.
De nuevo en pie, a la espera de que aparezca una persona para comprobar si sigues ahí. Abren la puerta, a la misma hora de cada día. Desayuno, ducha, actividades. Salir al aire libre y ponerte a hacer deporte. Correr en círculo, continuamente, lo cual te recuerda que los días pasan de manera repetida deseando que pasen los dos años y tres meses, los tres años y veinte días, o los seis años y un día. Andar un kilómetro en línea recta o mirar el horizonte se convierten en pequeños placeres de la vida imposibles. Comer siempre a la misma hora y con el mismo tiempo. Poco a poco se te va olvidando cómo se cocina. Te encantaría hacerlo, pero no puedes. No puedes tampoco cocinarte tu propia comida. Y después de comer, de nuevo el tedioso timbre. Y de nuevo la puerta que te reencierra. Dos horas, quieras o no. Hasta que suena de nuevo el timbre y, tras comprobar si estás, la puerta se abre. Tampoco puedes decidir quedarte si te apetece acabar la carta que estabas escribiendo, o si te apetece quedarte sumido en tu melancolía. Ni siquiera puedes decidir esas pequeñas cosas. Toca gimnasio, o limpiar el comedor, o trabajar para una multinacional a cambio de uno o dos euros la hora. La tarde pasa. Luego llega la cena, hacia las ocho. Quizá en estos días y si la dirección lo permite, la hora se puede retrasar un poco, pero no mucho más. Después, el timbre y a la hora que decidan has de estar de nuevo tras la puerta que cierran. Así hasta el día siguiente. Quizá era un día en que te gustaría estar con tu amiga, la de la celda de al lado. Estaba mal y te gustaría estar cerca. Pero no, a pesar de que estés rodeada de barrotes, muros y más muros, y controlada mediante videovigilancia, no puedes decidir estar hasta las doce o la una con tu amiga. Eso tampoco se puede decidir. Y así hasta el timbre de la mañana siguiente. Día tras día.





