«He descubierto que la base de nuestra vida moral está completamente podrida, que la base de nuestra sociedad está corrompida por la mentira.»
(El Dr. Stockman en la obra de Henrik Ibsen Un Enemigo del Pueblo, 1882)
La detención de los dos compañeros titiriteros, y el posterior escándalo suscitado, tienen una dimensión etológica, social, que por ahora se prefiere omitir para centrarse en su aspecto mediático. Sin embargo, muchas cosas se han destapado con ese simple espectáculo de guiñoles, cosas que solo las buenas democracias saben mantener solapadas, latentes, pero ocultas.
La acusación de terrorismo hecha contra los titiriteros, la histeria despertada por su obra, muchas de las reacciones que han provocado estos hechos, son síntomas de una grave enfermedad social, de los demonios y tabúes que las «sociedades modernas» guardan engrilletadas en sus sótanos. «Títeres desde abajo» ha removido un limo que estaba empozado en la mentalidad ciudadana y burguesa con las que todos, hasta los más desposeídos, somos equipados al nacer. Lástima que hayan pagado un precio tan alto por darnos una lección tan valiosa.
La censura a rimadores de Hip hop, la cárcel para quienes queman banderas, el secuestro de publicaciones que se burlan de la realeza, son periódicamente muestras de los colmillos de la bestia; pero ha hecho falta que una compañía libertaria sacara su títeres a la calle para que el monstruo mostrará todo su crispado pelaje. Es hora de que lo aprendamos: dentro del traje bien cortado de todas las democracias se encuentra, encorbatada y con puños almidonados, la fiera babeante del fascismo. No hacen falta uniformes militares y campos de concentración al uso: tienen sus televisiones y periódicos uniformadores del discurso, los usos y las vestimentas; tienen sus cárceles y CIE’s, ¿para qué más?
Los titiriteros nos han enseñado que en esta sociedad todavía hay cosas que no se pueden decir, que hay palabras, se pronuncien directa o indirectamente, a modo de sátira o no, que te pueden llevar a prisión. Nos han mostrado que en vuestra democrática y avanzada España no hay libertad ni de opinión ni de pensamiento, que nadie es libre por mucho que crea serlo. Han puesto el dedo sobre una llaga abierta y supurante: señalar el tabú provoca castigos colectivos y feroces, hace que la turba pierda la razón y sea capaz de despedazar a dos jóvenes. Os sentís Europeos, portadores de la democracia y del progreso, afortunados del primer mundo; sois en realidad lacayos vitales e ideológicos anclados en el abismo más hondo de la abyección, sujetos que se revuelcan por las cenizas cuando se rompe el fetiche, moradores del terror más profundo: el terror y el vértigo ante lo diferente y lo libre. No sois hijos de la democracia; sois hijos del miedo.





