Mujeres Con Hijos En Prisión: Una Difícil Realidad

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España es el país de la Unión Europea con mayor tasa de mujeres en prisión, debido principalmente al gran número de mujeres extranjeras que cumplen largas condenas en nuestro país, normalmente por delitos contra la salud pública –tráfico de drogas– o delitos relacionados. En 2015, se contabilizaron unas 5.130 internas, lo que supone un 7,81% de toda la población reclusa, frente a los más de 60.500 hombres ingresados en prisiones españolas, lo que significa el 92,19% de ese total.

Estos datos explican que la política penitenciaria haya sido diseñada para el preso varón y que, en la actualidad, existan sólo cuatro centros penitenciarios específicos para mujeres: Madrid I; Brieva, en Ávila; Alcalá de Guadaira, en Sevilla, y Wad-Ras, en Barcelona.

El resto de mujeres reclusas se encuentra en módulos femeninos dentro de las prisiones masculinas, sin separación por clasificación penitenciaria alguna, lo que supone una clara desigualdad y discriminación entre hombres y mujeres privados de libertad, en detrimento siempre de los derechos de ellas. No en todas las prisiones existen módulos para madres, lo que nos lleva a la difícil decisión que tiene que tomar una mujer que debe entrar en prisión embarazada o con hijos, de si es mejor para los menores tener a una madre cerca, o sentir la libertad y la sociedad, viendo a sus madres solo una hora a la semana, o cuatro horas seguidas al mes.

En muchos casos, esta decisión es fácil, cuando hablamos de mujeres que vienen de familias desestructuradas, o con el marido o padre de sus hijos también en prisión, o cuando no tienen a ninguna persona de confianza fuera que se pueda encargar de sus hijos y responsabilizar de su cuidado y educación mientras ellas cumplen sus condenas.

De seis a tres años

Hasta la Reforma de la LOGP de 1996, las reclusas podían tener a sus hijos con ellas en prisión hasta que estos cumplían los seis años. Sin embargo, tras dicha modificación, los niños solo podrán permanecer en los centros penitenciarios hasta los tres años, ya que existen estudios de especialistas que afirman que hasta esa edad, los niños no guardan recuerdos del lugar en el que han estado, mientras que a partir de entonces, comienzan a darse cuenta de dónde viven.

Además, un niño de tres años, cuando a las ocho de la tarde se cierra la celda de su madre, es más fácil que se quede tranquilo o dormido, mientras que a uno de seis es más difícil explicarle que ya no puede salir de ahí a jugar y que no es la figura materna la que impone las normas, sino que son las funcionarias de prisiones las que dan las órdenes.

Está claro que en numerosas ocasiones, los niños se benefician de una alimentación, una higiene, un seguimiento médico y una educación que en sus casas jamás hubieran tenido, pero no dejan de estar en un centro penitenciario y se pueden dar cuenta de que la suya no es una familia normal ni una vida convencional. ¿Hasta qué punto esto es justo para esos niños?

Esos menores, sin cometer delito, cumplen condena junto a sus madres.

El problema principal que hace que muchas mujeres tengan que entrar en prisión embarazadas o con hijos pequeños, radica en el sistema judicial actual, que conlleva que algunos juicios tarden años en celebrarse o en dictarse sentencia o recursos al Tribunal Supremo o Tribunal Constitucional que se resuelven cuando esas mujeres han rehecho sus vidas, y tienen hijos. Muchas de esas mujeres, son el soporte económico de sus familias, así como el afectivo, y deben llevarse sus problemas a prisión.

Nuevas necesidades

La marcha de la sociedad actual debería dar lugar a la modificación de todo el sistema penitenciario para adaptarlo a las nuevas necesidades que van surgiendo con los años, de manera que sería preciso establecer mecanismos legales alternativos a la prisión, por ejemplo, para esas mujeres con hijos que, reuniendo ciertos requisitos y condiciones, pudieran ir solo a dormir al centro penitenciario, o las pulseras telemáticas que se utilizan para personas que cumplen condena en régimen abierto y que permitirían controlar si las mujeres permanecen en su domicilio durante el tiempo de la condena.

A día de hoy, y en determinados supuestos muy concretos, cuando se concede el tercer grado, se permite a las mujeres vivir con sus hijos en pisos de cuya organización y control se encargan voluntarios de ONG, lo que, personalmente, me parece una muy buena medida que debería implantarse de manera más habitual.

Otra alternativa, sería la creación de módulos de familias, como el que se construyó de manera pionera en 1998 en el Centro Penitenciario de Aranjuez, en Madrid, en el que parejas que cumplen ciertos requisitos, aunque algo estrictos, y superan un determinado tiempo en observación, para controlar si son problemáticos, o tienen problemas de convivencia, si consumen algún tipo de sustancia estupefaciente, o tienen alguna adicción, si cumplen con sus deberes diarios, si trabajan, o si carecen de antecedentes de maltrato o agresión sexual, etc., pueden vivir en una habitación, con una cama de matrimonio y un baño, como si de una verdadera familia se tratara. Igualmente, son voluntarios de diversas ONG los que se encargan de normalizar, en la medida de lo posible, la vida de los pequeños, llevándolos a las guarderías o programando actividades para que los niños no sientan que estén en la cárcel, algo que influirá notablemente en su educación.

Unidades de madres

Solo existen tres centros externos para mujeres con hijos que son las Unidades de Madres de Madrid, Sevilla y Palma de Mallorca, en los que se intenta eliminar todos los elementos “carcelarios” de las infraestructuras, para que no parezcan cárceles.

Lo triste de todo esto es que esas posibilidades son las menos, y queda mucho camino por recorrer en nuestras instituciones penitenciarias para que pueda existir un cierto equilibrio entre los derechos humanos de los presos y su vida carcelaria, máxime cuando se tienen niños, sin culpa ninguna de lo que han podido hacer sus padres, y a quienes se les debe proporcionar una seguridad y velar por sus propios derechos.

El sistema penitenciario es el gran desconocido para la sociedad española. En los últimos años, hemos podido conocer algo más sobre las prisiones de nuestro país por películas como “Celda 211” o series televisivas como “Vis a Vis”, en las que se nos acerca un poco más a cómo son las cárceles españolas y cómo es la vida dentro de ellas, sin olvidar ese punto de ficción que deja abierta la incógnita a si realmente sucederá así o no.

Personalmente, si me viera en la situación de tener que entrar en prisión, y estuviera embarazada o tuviera hijos menores de tres años, no sé si me resultaría fácil tomar la decisión de llevarlos conmigo o dejarlos en libertad. Supongo que eso es algo que se sabe cuando se es madre y cuando te ves en la tesitura de tener que cumplir una condena de años que te puede privar de ver cómo crecen esos niños y las circunstancias que dejas fuera.

Realmente, una decisión difícil, pero una difícil realidad.

Erika Ruiz Ferrero

Vocal de la Comisión Ejecutiva de CEAJ y miembro de la Subcomisión de Penitenciario del Consejo General de la Abogacía Española

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