«¿A Quién Estamos Hablando?». Una Reflexión Sobre El Anarquismo Y Las Luchas Contra La Cárcel

¿A quién dirigir nuestra comunicación subversiva, a quién hablar de la miseria de la vida cotidiana, de la explotación y de la revuelta? ¿Dónde se cruzan las luchas contra la estructura penitenciaria y contra la sociedad que la produce? Una contribución a afilar nuestras herramientas contra lo existente y mantener vivo un debate sobre las posibilidades y límites de la intervención anarquista. Traducido de la publicación anarquista italiana “El Machete”.

Nos encontramos en una situación en la que no nos encontraríamos si un cierto adormecimiento no se hubiese extendido por todos lados (excepto en nosotrxs mismxs). Si cada episodio que saca a la luz del día la arrogancia del poder suscitase una rabia capaz de llenar las calles y plazas, hoy no nos tropezaríamos cotidianamente con redadas y vigilancia, con Grandes Hermanos y pequeños campos de concentración, con terrenos de bases militares y de centrales nucleares. Pero así es. Cualquier reflexión que merezca la pena sobre cómo se ha podido llegar a esto puede despertar interés en la medida en que constribuya a una posible inversión de la tendencia. Es decir, si ayuda a salir de esta situación de estancamiento.

Porque tenemos que  reaccionar, no cabe duda. Pero el despertar no parece fácil. ¿Con quién queremos vernos asociados cuando decidimos dar batalla a este mundo? ¿Nos dirigimos a todos los que lo sufren, o tenemos alguna población específica en mente? Y entonces, ¿a quién pertenecen los oídos que queremos abrir? ¿las reacciones de quién son las que queremos provocar? Y sobre todo, ¿cómo pensamos lograrlo? ¿qué teclas podemos tocar?

El trabajo clásico de contrainformación ha acabado. Está claro que el problema ya no es “informar a la gente de los hechos”. Los hechos ya son conocidos por todxs. No es la ignorancia lo que previene la revuelta. Se tiene mucho conocimiento de lo que está ocurriendo, pero este conocimiento no provoca reacción alguna. Desde este punto de vista, denunciar la alienación producida por una Propaganda hecha omnipresente por el desarrollo tecnológico, denunciar la desrealización de nuestras emociones que nos transforma en espectadores que contemplan aquello que una vez habría desencadenado protestas sin fin, se convierte en un trabajo necesario y fundamental. Pero, evidentemente, con esto no basta. Y aquí no nos referimos a una falta de actos que estaría bien acompañaran siempre a las palabras, sino a la propia limitación de esta forma de crítica en sí.

En la medida en que un exceso de información nos lleva paradójicamente a una situación de desinformación, un exceso de indignación nos puede llevar a la inactividad, a la parálisis. Abuso tras abuso, injusticia tras injusticia, nos estamos acostumbrando a lo peor. Nos hemos acostumbrado a lo intolerable hasta el punto de sortear con indiferencia los cadáveres todavía calientes de lxs masacradxs. Asqueados, con todo. Lxs que que se vuelven sordxs a las órdenes de arriba, pueden también volverse sordxs a las críticas de los de abajo. El rechazo de información va de la mano con el rechazo de la protesta.

A fin de abrir finalmente una brecha en la pared de la apatía, ¿será suficiente amplificar al máximo el volumen de los sufrimientos del mundo? Apatía que, quizás vale la pena recordarlo, las más de las veces constituye una forma de autoprotección. No es humanamente soportable albergar en el corazón toda la indignación por todos los abusos, todas las heridas, todas las injusticias, sufridas. Lo demuestra la misma especialización en la que cae quien toma la decisión de dar voz a lxs sin voz. Quien se ocupa de la defensa de éstos muestra ciertamente alguna sensibilidad y nobleza de mente, pero también denota cierto espíritu asistencialista. Un ponerse al servicio de los demás que a veces puede resultar incluso algo embarazoso, como cuando las necesidades de lxs “asistidxs” están en contraposición con las necesidades de sus “asistentes”. Pero que sobre todo lleva consigo una cierta forma de intervención, que no sólo tiende a limitar el alcance de nuestra propia acción sino que crea una superioridad moral tóxica que sólo sirve para alienar más (“ellxs sufren, ¿ y tú qué haces al respecto?”). Ya es extraño que, después de estar confinadxs por fundar la propia causa en la nada, se decida fundarla en la causa de lxs otrxs. Pero además, ¿hacerlo cuando el altruismo está quedando sepultado bajo la aniquilación y la abulia?

Tomemos de ejemplo la lucha contra las cárceles. En un momento en que la exaltación de la seguridad está en su momento de máximo apogeo (con los aumentos de penas para lxs condenadxs, con la construcción de nuevos centros de reclusión, mientras se invoca desde muchas partes la “tolerancia cero”), y justo cuando las preocupaciones de la mayoría van con la deprimente ligereza de sus billeteras, ¿tiene algún sentido intentar alcanzar las mentes y los corazones de la gente hablando sobre miserias y desgracias de aquellxs que se encuentran tras las rejas? Para nosotrxs, esta parecería la mejor manera de tirarnos contra la pared de goma de la indiferencia. Esto es por lo que, desgraciadamente, no hay que sorprenderse si los boletines impresos y las iniciativas que se organizan al respecto captan el interés de tan pocos individuos. Sería mejor tomar nota: una lucha anticarcelaria que coloque los intereses de lxs presxs en su centro, que se consagre a ellos, hoy no tiene mucha posibilidad de generalizarse. Es necesario permanecer circunscritxs a una población específica, compuesta de lxs presxs mismxs, sus amigxs y sus parientes.

Esto no significa abandonar la cuestión, naturalmente. Significa reconocer los límites del camino iniciado, sin pretender que nos lleve a dónde no puede llegar. Significa defender con orgullo a lxs propixs compañerxs (o a aquellxs con los que compartimos ciertos intereses), organizarse para ayudarles de la mejor manera, sin esperar la disponibilidad de lxs de fuera del círculo reducido de lxs interesadxs. Pero significa otra cosa. Significa que si queremos llevar la cuestión de la cárcel al exterior, hacerla sentir a cuantas más personas sea posible, deberemos tomar otro camino. Y este camino está por descubrir, por trazar y por abrir.

Si la indiferencia imperante se caracteriza por el desinterés hacia los demás, entonces habría que dejar de partir de la situación del otro. Si queremos hablar a lxs que se consideran libres, fuera de los muros de la prisión, necesitamos hablar sobre ellxs, sobre sus desgracias, sobre sus problemas, sobre su condición. Sólo de esta manera, quizás,  será posible captar su atención. Sólo de esta manera, quizás, les podremos mostrar que la distancia que les separa de la prisión es tan fina como una pared.

El incremento de la legislación que criminaliza cualquier pequeño acto distinto de la obediencia, añadido a la rápida erosión de las condiciones de supervivencia generales, están acercando cada día más a muchos estratos de la población a las puertas de la prisión. La suya, como la nuestra, es una libertad vigilada que podría ser revocada en cualquier momento, cosa que les asocia con lxs presxs más de lo que piensan. Además se ve como las condiciones de vida, tanto dentro como fuera de prisión, son cada vez más similares. Tanto dentro como fuera, se trabaja y se ve la TV. Tanto dentro como fuera, se está forzado a pasar bajo los ojos siempre vigilantes de las videocámaras de vigilancia y a través de los detectores de metal. Tanto dentro como fuera se viven relaciones coactivas en espacios cada vez más restringidos. (Por lo demás, para caer arrestadx por los servidores del Estado no hace falta ser militantes de bandas armadas, ni manifestantes que se defienden de la poli con el pasamontañas y el extintor en la mano. Basta con ser un/a aficionadx sentadx en el coche en el área de un autogrill, ser pillado en posesión de unos pocos gramos de estupefacientes o saltarse un semáforo en rojo con la bicicleta).

Invertimos así nuestra visión del argumento. Partimos de la cárcel de la vida cotidiana, en la que estamos todxs recluidxs, para introducir la cuestión carcelaria específica, en la que sólo algunxs lo están. Un cambio de perspectiva que presenta no obstante desagradables contraindicaciones, supeditando por ejemplo a un segundo plano las exigencias inmediatas de lxs detenidxs. Lxs cuales, si bien tienen razón en no querer ser olvidadxs y excluidxs de la vida por quienes está fuera, no tienen ninguna en pretender que sus reivindicaciones se conviertan en la prioridad de lxs que por el momento son más afortunadxs que ellxs. Les guste o no, es la situación del exterior de la cárcel la que debe cambiar para esperar que cambie también la de dentro. Se trata de un cambio de perspectiva que también tiene consecuencias prácticas. Para el/la que no hace de lxs detenidxs su centro de referencia constante, qué sentido tienen las continuas concentraciones a las puertas de la cárcel? El presidio ya es en sí mismo una forma de lucha, aunque limitada. La raíz latina de presidio deriva de “presidiare”, que significa “defender”. Entonces, tiene sentido defender un valle para impedir su devastación, pero ¿qué se defiende delante de la cárcel? La estructura, seguro que no. En cuanto a lxs que se encuentran recluidxs, es inútil esconder que desgraciadamente se encuentran en manos del enemigo. No estamos en condiciones de defenderlxs. Como mucho podemos hacer sentir nuestra presencia, hacer entender a lxs torturadore/as que sería mejor para ellxs que actuasen con mano suave (lxs ciudadanistas dirían: hacemos presión sobre las autoridades para que respeten las reglas y nuestros deseos).

“Atentos, ellos no están solos, nosotros estamos aquí”. Claro, estamos aquí…

Se puede considerar que los centros penitenciarios están en lugares desolados, por lo que las concentraciones se resuelven en encuentros entre ‘nosotrxs’ y ‘ellxs’, subversivxs y esbirros, donde intercambiamos recíprocamente insultos y miradas de odio. Ciertamente, en cualquier caso se llega a aliviar por un momento la dolorosa soledad de lxs detenidxs y eso representa una satisfacción. Bonita, para el que está determinado a hacer cualquier cosa (que, ya se sabe, es siempre mejor que nada); fría, para el que no siente la virtud del/a voluntarix. Distinto es el caso de los centros penitenciarios que se encuentran aún dentro de la ciudad. Aquí todavía es posible evitar el camino ciego del enfrentamiento nosotrxs/ellxs, incluso es posible implicar a otrxs, esto es, todxs lxs que hoy custodian los muros de la cárcel por el mejor lado pero que mañana podrían encontrarse en el otro.

Teniendo en cuenta la generalización existente del miedo y la pobreza, parece poco concluyente ir a contar las desgracias de otrxs a quién ya tiene las suyas propias por resolver. En lugar de eso tiene más sentido intentar mostrar cómo en realidad se trata de dos caras de la misma moneda, cómo los problemas de lxs que están en libertad podrían transformarse rápidamente en las desventuras de quien se encuentra en prisión, puesto que todxs somos presxs del mismo mundo. Y es aquí donde las distancias se acortan, los destinos se entrelazan, y se vuelve posible, quizás, instaurar una comunicación.

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