Tomen aire.
Tomen tanto aire como puedan. Esta historia debería durar el tiempo que logran retener el aliento, y después, un poco más. Así que escuchen tan rápido como les sea posible.
Con estas palabras el novelista Chuck Palahniuk1 comienza el relato Tripas. Se las cogí prestadas porque no hay otra forma de hablar de lo que quiero hablar sin tomar aire primero. Igual de macabro que el relato, igual de escabroso. Se trata de tres textos; el Código Penal, la Ley de seguridad ciudadana, y la Ley de Enjuiciamiento Criminal.
Sé que macabro y escabroso están lejos de ser conceptos objetivos o técnicos, pero no se trata de objetividad. No se trata de técnica. No se trata de lo que se trata siempre que se abordan reformas o modificaciones legales. Porque esto es algo serio, y no lo digo yo. El mismo ministro de justicia, Rafael Catalá, el viernes, en el debate previo a la aprobación del Código Penal, afirmó que la reforma tendría «un impacto real en la vida cotiana»2. Y es que no sé, luego, qué otro impacto puede tener, por ejemplo, el nuevo delito que sanciona con pena de dos a cinco años a quien consulte páginas web con determinado contenido susceptible de ser interpretado como terrorista.





