Escuchen El Tic-Tac: Cifras Y Metáforas Carcelarias

La conflictividad larvada de nuestras prisiones es una bomba de relojería que hay que desactivar cuanto antes.

En nuestra época se usan dos imágenes carcelarias que dicen más que mil palabras: las prisiones son»ollas a presión» que incluso pueden convertirse en «bombas de relojería». La cosa viene de lejos: «La irrupción masiva del consumo de drogas y el aumento imparable del número de encarcelados que ésta provocó –con la inestimable ayuda del discurso de inseguridad ciudadana alentado por determinados medios– convirtieron las prisiones de los años ochenta en auténticas ollas a presión» (César Lorenzo, «Cárceles en llamas. El movimiento de presos sociales en la transición», Virus editorial, 2013). Y los peores temores se han vuelto a hacer presentes en los últimos años: el sociólogo César Manzanos, portavoz de Salhaketa (veterana asociación de apoyo a las personas encarceladas) denunciaba en abril de 2011 que la macrocárcel construida en Zaballa (Álava) podría convertirse en una auténtica «bomba de relojería» si las autoridades españolas se decidían a hacinar en ella a «más de dos mil presos!.

¿Qué podemos añadir a día de hoy, en 2014? Desde 2010, año en el que se superó el pico de los 76.000 presos, se viene produciendo un paulatino descenso en las cifras totales de personas internadas en centros penitenciarios, por causas que fundamentalmente están en relación con el cambio de tendencia en el flujo migratorio a resultas de la crisis económica y de las políticas de hostilidad desarrolladas por el PSOE y el PP contra los «sin papeles». Ahora hay algo más de 67.000 personas encarceladas, según la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. Sin embargo, estas últimas cifras penitenciarias todavía son descomunales y hasta disparatadas, entre otras cosas, porque chirrían ostensiblemente con los bajos índices de delincuencia. Sus prisiones retratan a España como un país bastante chungo. En relación con otros de nuestro entorno, el sistema carcelario español bate récords: somos el país de Europa occidental con mayor número de presos por habitante, según ha confirmado el informe anual del Consejo de Europa sobre la situación penitenciaria en el continente. España tiene 143,7 personas encarceladas por cada 100.000 habitantes, la cifra más elevada entre los países europeos occidentales, lo que contrasta con los 84,6 de Alemania o los 111,6 de Italia.

La imagen de la olla a presión describe el día a día de las prisiones españolas mejor aún que los datos sobre su mantenimiento material y regimental, de cuyas carencias, por otra parte, no dejan de quejarse tanto los usuarios como los operarios, a veces por motivos encontrados y en ocasiones por razones complementarias y de sentido común, como el hacinamiento. No puede verse el interior pero se acepta que ahí «se cuecen» los cuerpos y las almas de los procesados y los condenados, lo que genera creencias supersticiosas que, como todas, basan su fe en la ignorancia y la dejación. La mayoría espera tácitamente que los gestores no pierdan de vista el buen funcionamiento de la válvula de escape y sean capaces de bajar la presión si se detectara un calentón explosivo. Nadie cree que sea posible un reventón. España, que tan feamente queda en Europa, no admitiría parecerse a Venezuela, Brasil, o Argentina. No se consuela quien no quiere.

Los políticos, en general, también alientan esta confianza en el sistema penitenciario, casi siempre por omisión. Cifras tan calientes como las que se acaban de comentar no ocupan ni una línea de los discursos electorales. Durante el largo período de ambientillo electoral que acaba de abrirse con las elecciones europeas, el mal rollito carcelario no aguará el jolgorio de los líderes y las militancias. Como los caracoles con la lluvia, al amor del calor en lo electoral, todas las formaciones se ponen cachondas, hasta el punto de que es imposible hacerles ver que, precisamente, en esa atmósfera de fiesta institucional que tanto les pone, el afligido, al que animan a votar, aún sufre más.

Algo se dice desde la izquierda, pero de una manera muy confusa y a la defensiva. Para la mayoría de los partidos políticos con expectativas reales de obtener representación europea, estatal o autonómica, las personas presas no son importantes. La problemática carcelaria ni siquiera queda relegada al batiburrillo de los asuntos menores. Tiene aristas muy hirientes y siempre aparece envuelta de una cultura punitiva cada vez más asustada, lo que obligaría al político a mostrar sus colmillos más retorcidos, arriesgándose a ser acusado de favorecer a los peores criminales. La cárcel se obvia porque disgusta. La prisión como respuesta institucional al delito teje una estructura de consensos punitivos a base de acatamientos y olvidos. Es historia y presente.

Sólo la desgracia sobrevenida –lo digo con pesar, no se me malinterprete– podría sacarnos de ese impostado consenso. No estoy vislumbrando violentos amotinamientos, cual visionario o pájaro de mal agüero. Ni los deseo. Esas violencias, por naturaleza, son imprevisibles y siempre dejan un reguero de desgracias que refuerzan el entramado legal de la violencia institucional. Pero no deja de sorprender la respuesta indolente de los que rechazan la metáfora de la «bomba de relojería», por alarmista, cuando gracias a ella se consigue denunciar una conflictividad larvada que, en beneficio de la causa de los derechos humanos, habría que desactivar cuanto antes. ¿Acaso no escuchan el tic-tac?

Pedro Oliver Olmo

Profesor Historia Contemporanea en UCLM

El Correo, 23-05-2014

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