El encierro carcelario enraizó en nuestra cultura hace un buen tiempo, y llegó a convertirse en la manera natural y principal de reacción social frente a una infracción penal. La cárcel le sigue al delito como el día a la noche, y parece ser que nuestro cúmulo de experiencias como sociedad, nuestro nivel de evolución cultural, aún no es suficiente para pensar en algo distinto a una jaula como respuesta para aquellos que no quisieron o sólo no pudieron evitar hacer algo de lo mucho que prohibimos.
Dudo que con estas palabras pueda tejer un boceto riguroso de la realidad carcelaria, de cómo es la vida de las personas que condenamos al más oprobioso de los olvidos. Es difícil que el lector sienta el hambre de meses y la imposibilidad de saciarlo, la afrenta de la comida en mal estado, de la dieta insuficiente, la suciedad que te envuelve y te atraviesa, el miedo constante a los compañeros y a los carceleros, saberte desplazado y abandonado, sin ventanillas donde reclamar, enfermarte sin médicos ni remedios, trabajar en condiciones de esclavitud si es que podés trabajar, que educarte sea una batalla, que todo derecho sea sólo un premio repartido por las autoridades de modo arbitrario, que ver a tus seres queridos implique que ellos deban soportar malos tratos y que intentar comunicarse libremente pueda ser sancionado con aislamiento (encierro dentro del encierro). Celdas húmedas, pequeñas, oscuras, sucias, apestadas de ratas, y claro, todo esto lejos de la vista de la sociedad y de la agenda mediática o las prioridades políticas.




