Las miserias de este Estado de democracia fascista cuando de lo que se trata es de silenciar voces discordantes son un secreto a voces. Todas hemos visto cuál es la verdad escondida tras sus discursos de democracia de salón y urna, cuando hablan de “paz” mientras envían tropas a masacrar poblaciones en Oriente Medio bajo el escaparate mediático de mentira antiterrorista; cuando hablan de “violencia” para referirse a cualquiera que cuestione su mundo desde unos planteamientos que vayan más allá de los estrechos y limitados caminos dispuestos por sus leyes, mientras sus perros de presa maltratan, arrestan, esposan y se llevan para Madrid a nuestras compañeras, amigas, vecinas, familiares, y dejan tras de sí escombreras de impotencia, miedo y lágrimas, el auténtico paisaje que hay tras su miserable decorado de luces de neón, mercancías circulando y titulares de prensa que hablan de una seguridad, una calma y una moralidad que se encuentran reservadas a aquellxs que tienen más, y que para lxs demás no esconde nada más que una guerra cotidiana. La guerra entre el mundo del Capital y el mundo de la Libertad. La guerra de la miseria, la desesperación y la esclavitud modernas, contra los sueños que buscan ser cumplidos y no pierden más tiempo. Hace sólo dos días, en Cataluña, los Mossos d’ Esquadra llevaban a cabo otro operativo represor y fascista en contra de nuestras compañeras anarquistas en las ciudades de Barcelona y Manresa. Centros sociales y ateneos, espacios donde el único “terrorismo” que se practica es el de intentar extender una conciencia basada en la solidaridad, la ayuda mutua y el respeto hacia las demás formas de vida, fueron asaltados a primeras horas del amanecer, junto a varias viviendas particulares. 9 compañeras fueron detenidas, bajo absurdas acusaciones sin fundamento ni prueba alguna, entre las cuales se cuentan las de pertenencia a una presunta “organización terrorista”. Estas personas son culpables de mantener vivos sus lazos con compañeras y compañeros que se encuentran presas/os desde hace años, de no dejar solxs a quienes fueron víctimas de la represión indiscriminada, escribiendo cartas, haciendo visitas, difundiendo en la calle su situación. Nada más. 9 compañeras que ahora también sentimos que faltan, incluso en la distancia. Estas 9 personas hoy, 30 de octubre de 2015, fueron puestas a disposición judicial en la Audiencia Nacional, quedando dos de ellas en “libertad” con diferentes medidas restrictivas (retirada de pasaporte y obligación de comparecer periódicamente), cinco de ellas con posibilidad de “libertad” bajo fianza de 5000 €, otra con fianza de 4000 €, y otra persona, abogado laboralista, enviado a prisión preventiva.
Cada cierto tiempo, se publican en todo tipo de periódicos noticias de personas que en su desesperación delinquen para encontrar en la cárcel techo y comida. En estas notas se narra la dura vida de una persona en situación de pobreza extrema, muy a menudo sin techo, que decide perpetrar un delito para ser encarcelado y disfrutar así de una vivienda pública con pensión completa de forma gratuita. Estas anécdotas son convertidas en categoría de forma recurrente gracias a los prejuicios imperantes sobre lo que es y lo que significa la vida en prisión, y contribuyen a reforzar el estereotipo de la cárcel como hotel en el que cumplir condena es poco más que un retiro temporal de la vida cotidiana en el que el interno es tratado con “demasiada benevolencia” teniendo en cuenta que se trata de un “delincuente”.
Exigir a los centros penitenciarios dureza en las condiciones de vida impuestas a los reos concuerda con los planteamientos de los pensadores liberales del siglo XIX que consideraban que cualquier alternativa al trabajo industrial debía estar ligada unas condiciones que hicieran deseable la vida de la más pobre de las familias proletarias. En el Reino Unido y en la Europa central, el final del feudalismo y las transformaciones en las formas de propiedad de la tierra empujan a millones de personas hacia las ciudades a buscar nuevas formas de sustento, pero no todos los migrantes logran una ocupación industrial y en los primeros compases de la industrialización, las ciudades se caracterizan por el hacinamiento y el incremento desmesurado de la pobreza y la indigencia en las calles. Donde la recién estrenada ética del trabajo no llegaba a convencer a la gente de las bondades del empleo industrial, se aplicaba la represión para someter a los antiguos campesinos y nuevos urbanitas de que su mejor destino era la dignificación del empleo asalariado en fábricas y talleres. Es en este contexto de pauperismo industrial e incremento de la mendicidad urbana en el que viven su momento de esplendor las casas de trabajo (workhouses) y los correccionales, y son vagabundos y prostitutas sus primeros huéspedes.







