¿Es Posible Abandonar La Idea De Encerrar Personas En Una Jaula?

El encierro carcelario enraizó en nuestra cultura hace un buen tiempo, y llegó a convertirse en la manera natural y principal de reacción social frente a una infracción penal. La cárcel le sigue al delito como el día a la noche, y parece ser que nuestro cúmulo de experiencias como sociedad, nuestro nivel de evolución cultural, aún no es suficiente para pensar en algo distinto a una jaula como respuesta para aquellos que no quisieron o sólo no pudieron evitar hacer algo de lo mucho que prohibimos.

Dudo que con estas palabras pueda tejer un boceto riguroso de la realidad carcelaria, de cómo es la vida de las personas que condenamos al más oprobioso de los olvidos. Es difícil que el lector sienta el hambre de meses y la imposibilidad de saciarlo, la afrenta de la comida en mal estado, de la dieta insuficiente, la suciedad que te envuelve y te atraviesa, el miedo constante a los compañeros y a los carceleros, saberte desplazado y abandonado, sin ventanillas donde reclamar, enfermarte sin médicos ni remedios, trabajar en condiciones de esclavitud si es que podés trabajar, que educarte sea una batalla, que todo derecho sea sólo un premio repartido por las autoridades de modo arbitrario, que ver a tus seres queridos implique que ellos deban soportar malos tratos y que intentar comunicarse libremente pueda ser sancionado con aislamiento (encierro dentro del encierro). Celdas húmedas, pequeñas, oscuras, sucias, apestadas de ratas, y claro, todo esto lejos de la vista de la sociedad y de la agenda mediática o las prioridades políticas.

Niveles de conflictividad

No sólo son insostenibles éticamente, tampoco son eficaces para su finalidad declarada, los niveles de conflictividad social no disminuyen porque se instalen nuevas cárceles o se capten más personas tras las rejas. Quienes transitan airosamente el encierro (muchos mueren en el camino por suicidio, falta de atención, peleas entre presos o malos tratos) difícilmente retornen al medio libre con nuevas herramientas para enfrentar las dificultades cotidianas, los índices de reincidencia son elevados justamente porque el fracaso de la lógica carcelaria es estrepitoso. Quien insiste con más castigo de este tipo a pesar de conocer los números de la cárcel es ingenuo o simplemente sádico.

El miserable contraste entre la mirada del ser humano como sujeto de derechos en el medio libre y el ser humano como objeto de castigo, despojado de toda dignidad en las prisiones, es inadecuado e inaceptable en pleno siglo XXI. Es además llamativo porque el diagnóstico de la inhumanidad de nuestra herramienta preferida de reacción punitiva es casi tan antiguo como ella misma. Desde sus primeros días se levantaron voces que cuestionaron su evidente inutilidad y su descarnada brutalidad. Esta especie de murmullo acompaña como una sombra desde entonces a las prisiones, y sin embargo nada sustancial cambió.

Cárcel más humana

¿Es entonces posible pensar en una cárcel más humana o menos agresiva, o es que son por definición espacios de tortura? Y aún cuando fuere viable ¿es correcto luchar por suavizar la degradación sin fin en lugar de intentar desmantelar por completo estas estructuras de dolor?

Separar a una persona de la sociedad, encerrarla en una institución total bajo el control y la autoridad de otra persona no puede ser visto como un modo humano o digno de tratar a quien viola la ley. No hay modo posible de despojar a la prisión de su contenido infamante. La cárcel sólo dejará de ser atroz cuando desaparezca de nuestro imaginario colectivo como herramienta normal de reacción.

No debemos abandonar la lucha constante por alcanzar una racionalidad diferente, debemos permitirnos imaginar alternativas menos lesivas para enfrentar los conflictos sociales. Pero, ¿mientras tanto qué hacemos? Siglos de ataques dirigidos a diezmar la prisión no lograron conmover sus bases y las personas que encerramos siguen transitando sus oscuros pasillos en absoluta soledad, abrazados sólo por la desesperanza de un destino inevitable.

Innovaciones internas

Hasta que alcancemos la deseada modificación estructural del sistema podemos pensar y avanzar con innovaciones internas. Una cárcel buena es inverosímil, pero imaginarla menos brutal (mientras dure) es posible.

El tránsito por una prisión debe pensarse del modo más parecido posible a la vida en el medio libre. Cuando encerramos a una persona sólo la privamos de su libertad ambulatoria. El resto de sus derechos siguen intactos y deberían extremarse las medidas en este sentido. Las personas privadas de libertad constituyen un grupo humano vulnerable por su condición de sometimiento a una autoridad sin adecuado control por parte de la sociedad.

Las cárceles deberían fomentar el contacto social, la apertura, evitar amputar o dificultar los vínculos humanos entre el privado de libertad y sus afectos. El trabajo, la educación, la salud, y toda una serie de derechos elementales que deberían ser facilitados y preservados en iguales condiciones que en libertad.

Las megalópolis carcelarias deben ser desmanteladas y en su lugar pensarse en pequeñas instituciones, las grandes construcciones actuales donde conviven más de mil personas son de imposible administración en muchos sentidos, pero fundamentalmente resulta un escollo para que exista un trato personalizado con las personas encerradas.

Tampoco puede la cárcel ser un espacio ajeno a las prácticas democráticas, debemos dejar de ver a las personas privadas de libertad como objetos de políticas carcelarias para empoderarlas, como sujetos de las mismas. Deben poder ser oídos y también participar en la dirección de la institución que dirige sus destinos.

Estas propuestas no son exóticas ni extravagantes, en próximas columnas comentaremos sobre experiencias orientadas en este sentido en otros países.

Quizá estas ideas permitan abandonar el círculo vicioso en el que se encuentra estancada la brutal realidad carcelaria y así abrir nuevos senderos, que con menor intensidad aflictiva, nos inviten a soñar con una sociedad desprovista de reacciones feroces frente al conflicto.

Por Fernando Ávila, integrante de la Asociación Pensamiento Penal

 

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