La Cárcel Que No Ves. Un Cuento Basado En Hechos Reales

[ A+ ] /[ A- ]

25 de enero ¿o habrá sido 26?, a quien le importa… un día de esos como tantos otros, igual a tantos otros. Para nosotros todos los días son iguales. desde que estamos ahí las horas se suceden sin sentido y sin tiempo, da igual, todo da igual, la noche y el día. Las paredes se ven opacas de todos modos, la vida se ve opaca de todos modos. A veces pinta un porro o un “artanil”, algo de alcohol y aparecen los colores, algo de vida, alguna sensación diferente. Dura un rato, igual justifica el riesgo de comprarle a la gorra. Ellos te consiguen cualquier cosa por unos pesos, a veces se quedan con los pesos y no te traen nada, como ese día. y vienen los reclamos nuestros y las verdugueadas de ellos, cuando no te inventan una sanción que termina con tus ganas de reclamar. ¿Quién tiene ánimo de seguir reclamando a la vuelta de los buzones, molido a palos, sucio, hambreado?

Hay pibes que pierden la paciencia como ese día.

Es que uno se va cargando, te vas llenando de bronca y al final explotás. Por ahí explotás con algún compañero (es difícil convivir con desconocidos en un lugar tan chiquito) o con vos mismo, he visto pibes cortarse con un “yeite” desde la muñeca para arriba en líneas paralelas. como una escalera les queda el brazo.

Aquel día se la agarraron con quien se la tenían que agarrar.

La bronca era con uno no más, pero en la volteada caímos todos. Ahí siempre es así, todos menos algunos, algunos que después la terminaron pasando peor que nosotros. Éramos 16 almas adolescentes, “pibes” para nuestras viejas, “jóvenes adultos” para esos que nos tenían ahí, en un establecimiento especial para el tratamiento de menores de 18 a 21 años que transgredimos la ley penal (algunos) otros, sospechados de haberla transgredido o sea por las dudas que la hayan transgredido. Todos envejecimos ese día.

¿A partir de dónde se empieza a relatar una tragedia? Tal vez a partir del nacimiento, porque para nosotros, los de este lado, las consecuencias de lo que hagamos y de lo que no hagamos también, va a estar relacionada con el lugar donde nacimos. Nacimos pobres, esa es la razón fundamental a partir de la cual tus huesos van a parar a la cárcel, en principio, por las mismas travesuras que un pibe de nuestra misma edad nacido en otro barrio, va a parar a lo de un psicólogo.

Las Instituciones que mas frecuentamos: el hospital o el dispensario, la comisaría (primero acompañando a la vieja para radicar la denuncia por violencia familiar, después de los 12 por contravenciones – pero eso es otro tema), el juzgado de menores, los institutos de menores, el comedor comunitario, Acción Social de la municipalidad y de vez en cuando la escuela.

Apena aprendemos a caminar comenzamos el éxodo de nuestro hogar. Vamos creciendo y ya no entramos todos, a veces salimos para no ver o para no escuchar y terminamos por darnos cuenta que la esquina es un buen refugio. ¿Qué de que nos refugiamos? De la miseria nos refugiamos; de la vieja que está nerviosa, de los mas chicos que molestan (se la pasan queriendo comer y si no hay no hay) de las peleas, de los reproches, del viejo borracho, de los golpes, de la mierda. Y nos vamos… Salimos a cambiar el mundo, a escaparnos de tanta locura o a conseguir algo para llevar a la casa, para calmar a la vieja, para callar a los mas chicos.

Lo que encontramos nos entretiene un rato, nos da coraje, está lleno de pibes que buscan cambiar el mundo y nos juntamos en la esquina a tomar valor: picado y envuelto en papel para fumar o líquido en cajita de cartón o sólido en pastillas zarpadas del botiquín de la abuela y nos olvidamos de lo que fuimos a buscar porque lo que encontramos nos hace olvidar de todo, incluso del hambre y del frío. Se arma un clima de complicidad, lo mas parecido al afecto que se puede experimentar en la vida a los 13 años.

Y ya no te para nadie, eso que veías en tu casa y que te agujereaba el alma, ahora te irrita, te crispa los nervios y cada vez volves menos.

Desorden en la vía pública, disturbios, resistencia a la autoridad, estado de ebriedad, indocumentación, averiguación de antecedentes, portación de cara, cualquier excusa es válida para la paliza. Te capean, te amenazan, te putean, ni te preguntan y después. ese puto ruido que hace la reja al cerrarse y ese dolor que te recorre el cuerpo músculo por músculo, y ese olor tan característico a tumba. se te va el pedo de golpe. Lo bueno de la jefatura es que volvés a ver a tu vieja, pero esta vez la bronca es con vos, después ella intenta disculparse con el oficial, justificar lo injustificable, y ensaya un gran sermón, de esos que ni ella se cree; un baño, cambio de ropa y otra vez a la calle, hasta la próxima.

¿Pero en que estábamos? En uno de esos momentos donde de golpe se te juega la vida sin darte cuenta. Después de los 18, en cualquier momento, de la comisaría te pasan al penal. Que te vaya a buscar tu vieja ya no resulta suficiente, ahora la cosa es con el juez. La gorra necesita parar la bronca, porque el que denuncia es quilombero, o porque el jefe ordena, o porque alguna vez tienen que justificar el sueldo, o porque se les canta y van a buscar a los conocidos, a esos que pararon tantas veces o a algún boludo desprevenido que ocasionalmente pasaba por ahí, siempre y cuando sea morocho. ¿El procedimiento? ¿ las pruebas? Las van armando mientras te llevan y uno no sabe bien que está pasando, pero como se mandó algunas cagadas no se anima ni a preguntar. Después de un tiempo te enterás que esa bicicleta por la que te procesaron por “robo agravado por el uso de armas, lesiones y resistencia a la autoridad en concurso real”, no tenía nada que ver con vos, pero las pruebas eran suficientes como para comerte el encierro de un año y medio hasta que en el juicio te declaran libre de culpa y cargo.

Menos mal piensa uno, porque el fiscal había tirado cinco y seis meses por no tener antecedentes, uno agradece la suerte y se olvida que en realidad, de esa, era inocente. Hasta la próxima, que no demora mucho en llegar, porque estos ignorantes, se olvidan que durante un proceso uno es sospechoso pero inocente y te cuelgan el cartel y en la primera de cambio volvés adentro y esta vez con condena. ¿ La familia ? Bárbaro, mas cerca que nunca, son los que te hacen el aguante, cada vez que pueden se dan una vuelta, ¿ los amigos ? .¿ que amigos ?

A los amigos no les da para visitarte en el penal, les da miedo que los dejen adentro, o les pinta una realidad demasiado terrible, justo a ellos que se gastan lo que no tienen comprando mierdas que los anestesia de lo terrible. Decididamente no es un lugar para que ellos vayan, entonces uno se siente dejado por los amigos, abandonado, justo ellos, que hasta ese momento eran la familia.

Y se van sumando las pérdidas, de la libertad primero, del lugar, los hábitos, las costumbres, los olores, las voces, las comidas, los paisajes cotidianos, los amigos, la novia que te va dejando de a poco, la dignidad… hasta la voz del diariero extrañás ahí adentro.

Todo tu universo se va alterando hasta dejarte la sensación de no saber ni quien sos. Te vas sumergiendo de a poco en otro mudo. Ahí las mismas cosas llevan otro nombre y vas aprendiendo el nuevo idioma para no parecer un gil, vas copiando a los que saben, te arrimás de a poco a las conversaciones y si le caes bien a alguno capáz te enseña a caminar el penal. Y uno va perdiendo la confianza, todo es extraño aunque uno se esfuerce en familiarizarse. No sabes muy bien quien es quien, ni de donde te va a venir la primera embestida, todo depende del compañero, de si tenés o no conocidos, de cómo estén las cosas con el rancho donde caíste. Si caíste porque te conocían o porque había lugar o porque sí, o porque le podías ser útil al rancho para algo. Y si le vas a ser útil por tu voluntad o por la fuerza depende de vos, de cómo te pares, de cómo te defiendas o de quien te proteja. Y a partir de todo esto vas formando tu nuevo mundo, un mundo de rejas, candados, olor nauseabundo, comida rancia, palizas, compañeros desconocidos, algunos amistosos, solidarios, otros no tanto. Hay algo en lo que todos coincidimos: en el desprecio por los que nos vigilan: violentos, resentidos, cobardes, déspotas, abusadores y de ahí en mas todo lo negativo que una persona común pueda tener en su fantasía, es solo una débil muestra de la perversidad de estos agentes de la desgracia. Nosotros decimos que ellos también estan presos – horrible – eligieron estar presos , por su propia voluntad, nosotros por lo menos, sabemos que en unos años volvemos a la calle, ellos están ahí toda su vida. Nosotros perdemos la dignidad ahí adentro, ellos nunca la tuvieron, dice un compañero.

En ese mundo de vez en cuando entra alguien de afuera, por lo general son de las iglesias, o algún aficionado a la miseria que viene a enseñar alguna cosa, todos pasan, muy pocos quedan, al principio entran con miedo, del miedo saltan a la lástima y de golpe desaparecen, huyen despavoridos, la gorra no tiene piedad a la hora de espantar a los que quieren darnos una mano y después estamos nosotros, como explicarlo.

Desconfianza, esa es la palabra, desconfianza de todo y de todos. Ponemos a prueba a la persona que se acerca con buenas intenciones, no queremos creerle, no nos animamos, pensamos siempre que la animan extraños motivos encubiertos y asi vamos perdiendo afectos, los cansamos. les ganamos por agotamiento, las ponemos a prueba todo el tiempo es que nos hemos convencido de que no somos merecedores de afecto, además tenemos miedo de perder; cuanto mas cerca la sentimos, mas agresivos nos ponemos, es como si le dijéramos: “ a ver si te espantás con esto” y si resiste… “a ver si te aguantás ahora esto” y asi vamos perdiendo solamente para verificar una vez mas que teníamos razón al no confiar y de esa manera mantener nuestro desapego de las personas y de las cosas, también de los lugares; para que el adiós duela menos, en el fondo somos unos sentimentales. Armamos locas teorías sobre las personas, todas coinciden en el final. “nos quieren perjudicar” o “nos van a abandonar”, es un pensamiento “paranoico” dicen los psicólogos, es “experiencia” decimos nosotros. Años pasan antes de que aprendamos a diferenciar con este si, con este no. Es que lo mucho que nos puedan dar no alcanza, hay mucho agujero por tapar, mucha falta de todo, entonces no paramos de reclamar, reclamamos todo, nos ponemos absorbentes, queremos, queremos y no sabemos bien qué. Queremos todo de esa persona, pedimos una entrega absoluta, todo nos resulta insuficiente, hay un ansia demasiado grande y demasiado remota, un ansia ancestral, demasiado como para calmarla en el presente con un par de palabras o buenos gestos, queremos mas. Todo el tiempo nos estamos anticipando a la frustración.

Es sobre la capacidad de las personas de vincularse con los demás. la diferencia entre el preso viejo y el primario es abismal y cuando el primario además es un pibe es aún mayor; la diferencia está en la forma de relacionarse con los demás: entre ellos, con sus familias, con la gorra, con el que venga. Lo que mas cuesta es hacerlos pensar, cuesta que vean la realidad, están exaltados las 24 horas del día, uno termina por dejarlos, es cuestión de tiempo. Uno se pone mas reflexivo con el paso del tiempo y las pérdidas. Ellos ya perdieron pero están en contínuo movimiento para no darse cuenta.

Les sobra energía y le faltan ideas, no saben que hacer con tanta cosa que se les mueve adentro. Jugar un rato al fútbol y levantar un par de pesas a los 20 años no alcanza, entonces toman porquerías para plancharse, así el tiempo se mueve para adelante. A los 20, los días del encierro son mucho mas largos, para peor agarrar un laburo ahí adentro no se cruza por la cabeza de nadie. Eso de laburar para la gorra lo hacen los giles, o los que están buscando un beneficio, pero para eso tenés que estar en la mitad de la condena, una eternidad.

0 (cero) pésima o mala 1 (uno) es la regla entre los pibes.

Había un tema de guita que no terminaba de cerrar. La gorra se demoraba demasiado en hacer “la entrega” y el pibe estaba ansioso, se acercaba a la reja a cada rato. Es que el atardecer a esa edad, no te puede agarrar sin pasta y con una promesa pendiente. A medida que pasan los minutos la ansiedad crece y la sombra de una nueva frustración es una amenaza cada vez mas inminente. los ánimos en ambos lados del chapón están cada vez mas caldeados. se acerca la hora del cierre y lo único que llega para este lado son amenazas, la bronca es con uno de nosotros, pero ellos meten a todos en la bolsa. Los demás estamos acostumbrados a esta cosa, circulamos por el pabellón con indiferencia, nos dedicamos a lo nuestro, no nos metemos, demasiado tenemos cuando se la agarran con uno, como para meterse cuando el tema es con otro.

Esa guardia tiene la costumbre de mamarse y entrar de madrugada tipo “comando” a repartir palazos y trompadas a una celda elegida al azar, ya lo sabemos, los conocemos, nos dormimos con la esperanza de no estar entre los elegidos… pero esa noche fue diferente.

El tema era con Yoni y entraron los 5 decididos a llevárselo para el buzón, el mas verdugo entró primero. El cocinero le decían, porque alguna vez supo estar en la cocina, cocinando resentimiento, porquería hostil, sin condimento, indigerible, puro sancocho, tenías que estar muy hambreado para atreverte. La cosa es que el vigilante era famoso por lo verdugo. Históricamente conocido por las palizas a traición que propinaba sin piedad y sin motivo, ni hablar cuando los tenía. Un verdadero torturador, un enfermo de la violencia irracional, un asesino perverso legitimado por la función, se manejaba con la impunidad que le daba la pilcha. Ante el médico que nos devolvía los pedazos a su lugar, se justificaba con toda una sarta de barbaridades amparadas en nuestra supuesta peligrosidad y toda una serie de fabulaciones propias de una mente perversa, pero el acta de sanción quedaba divina, cualquiera que la leyera hubiera tenido ganas de seguirnos pegando.

Se murió por boludo, como todo violento irracional ganado por los impulsos, no supo preveer que Yoni hubiera podido estar armado.

Armado de calentura, armado de frustración, armado de hartazgo, de bronca, de impotencia y las chuzas que supo afilar pacientemente, le sirvieron de canal para tanta locura.

Todo sucedió en segundos.

Los demás quedamos impávidos, los pocos que estábamos cerca solo atinamos a tomar lo que había a mano para defendernos de los otros 4 que se nos venían encima, con la misma irracionalidad que te da la borrachera minutos antes de dejarte inconciente. Dos de ellos se rescataron y retrocedieron al chapón a buscar las armas, los dos restantes se le sumaron enseguida. Para el cocinero ya era tarde.

Corridas para el fondo, atropelladas, desesperadas, para refugiarnos de la balacera que provenía del chapón. Para el Yoni también fue tarde, ensañado como estaba con el verdugo no se avivó de la movida. Dos pasos pudo dar antes de caer acribillado por la espalda en un infructuoso intento de huida hacia las celdas.

La verdad está siempre tan lejos de la ley. justicia. esa palabra. para nosotros una utopía, el invento de algún trasnochado, una fantasía, pura quimera. Un entrevero de palabras inentendibles que aluden a cosas que nunca fueron. Manipuladas prolijamente en algo que llaman expediente, formado por un sinnúmero de papeles que llaman fojas y que una vez leídas (para el que las entiende) da la sensación de algo creíble, importante, brillante, técnico, científico. Ahí “la verdad” no interesa, lo único que importa es que la cosa cierre, para ellos: “los amantes de las palabras”, los “armadores de engaños” que se afanan en un juego siniestro en el que siempre pierden los mismos. Conjuntos de frases bien argumentadas por la experiencia de otros que se enredaron tanto con las palabras que terminaron por olvidar “la verdad”, terminaron por perder el sentido imbuidos en la sinrazón de la pruebas armadas por la policía o desarmadas por ella, según les convenga a la hora de aparentar ser un poco mas héroes y disfrazar su propia miseria, esa que los lleva al delito mas frecuentemente que a nosotros.

El baño y la celda 28, tras unos segundos de indecisión, albergaron el pánico y el desconcierto del grupo restante, los rezagados alcanzaron a ver los cuerpos yacidos a la altura de la celda 12…

Estruendos, gritos, movimientos nerviosos, confusión, tiempo… no sé cuanto tiempo… el resto lo puede relatar el juez, silencioso espectador de la furiosa represión de la que fuimos objeto, a la distancia, detrás del chapón, “salgan de a uno” gritaba, “tu madre voy a salir” pensaba mientras contaba los agujeros de las postas de goma que ardían en toda mi humanidad. Nos agarraron a traición, muertos de miedo, arrinconados contra las paredes de la celda, sin posibilidad alguna de refugio, la emprendieron violentamente fusil en mano. Como si no fuera suficiente con la vida del Yoni se querían seguir vengando y mierda que lo hicieron.

¿Los 5 que estaban engomados? Esos pobres no vieron nada. Bajo palos y amenazas firmaron sin leer ese bolazo armado por la gorra. Impecable la declaración, es que para hacer daño se les despierta el ingenio y casi les salió redonda, salvo por un par de detalles.

Los pibes de la 10 y de la 32 todavía siguen cobrando. es que a ellos les toca declarar en el juicio que todo estaba planificado, que había motín, que había fuga, que había que tomar la guardia, que si matamos a alguno mejor, que al verdugo lo agarramos entre todos y no sé que sarta de pavadas mas. la cosa es dejarnos pegados a todos, a como dé lugar y ellos tienen que repetir todo de memoria, como en la escuela, hasta nuestros apellidos, que nunca se los supieron, pero ahora se los memorizaron para que no haya fisuras, contradicciones y sino son boleta, ya están advertidos, me los imagino en los buzones repitiendo una y otra vez la declaración para no equivocarse ese día; me contaron los que los vieron que están aterrados, para peor esas palabras que les pusieron, tan ridículas, difíciles para el idioma de uno que ya se acostumbró a llamar las mismas cosas con otro nombre ¿ no podían respetar aunque sea el modo? “Mejor para nosotros” dijo el defensor “es evidente que esos dichos no les pertenecen”. La cosa es que vamos por una pepa, no me lo puedo ni imaginar ¿yo una pepa? ¿Por qué? Si yo no hice nada ¿hacerme cargo? ¿de que? ¿de correr para que no me maten?

Ah ! Una cosa señor juez, nosotros los pibes no decimos “lio”, decimos “bondi”. No decimos “interno” decimos “pibe”, no “invitamos a participar del motín”, es mas no sabemos muy bien que es eso, en todo caso decimos “parar el tacho”, no nos levantamos hasta muy pasado el mediodía y nunca nunca jamás de los jamases nos alcahueteamos. Sr. Juez quiero decirle que acá hay gato encerrado.

María Eugenia Covacich

Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.