Sobre Algunas Tristes Consecuencias De La Dispersión

Quería hablaros de algo que me preocupa bastante y que conozco sólo desde que comencé a tener contacto por diferentes motivos con presos de Puerto 1. Como sabréis cada cárcel tiene su propio reglamento interno, creo que depende del director de cada cárcel. Bueno pues en esta cárcel, cuando un preso no recibe visitas ─en la mayoría de los casos esta falta de visitas es por la imposibilidad económica de amigos y/o familiares, puesto que la mayoría de presos de Puerto 1 son de fuera─ no tiene derecho a que le metan paquetes. Otra de las reglas es que los peculios sólo pueden ingresarlos familiares directos del preso y sus parejas, siempre que sean parejas «con papeles», bien sea matrimonio civil o por la iglesia o con certificado de ser pareja de hecho.

Un día recibí una llamada de mi compañero, que actualmente está en Puerto 1, preocupado porque un compañero de módulo, originario de Canarias y dispersado a Puerto 1, tras meses allí, no le autorizaban ni las llamadas a su compañera e hijo de dos añitos, puesto que no estaban casados ni inscritos como pareja de hecho. Tampoco podía recibir el peculio, puesto que su compañera e hijo no constaban en el mismo libro de familia que él. Después de entrar en contacto con la pareja de este chico e involucrar a un par de abogados altruistas, consiguieron un mes después poder hablar por fin por teléfono y que este chico recibiera el peculio de su compañera.

Otra vez, aunque esta que cuento ha sido hace 5 días, me llama diciéndome que tal compañero no tiene cosas tan básicas como calcetines y calzoncillos porque es de fuera y su mujer no pudo venir a verle a Puerto 1, y que por favor localice a su mujer que no consigue hablar con ella por teléfono. Me puse en contacto con la mujer, lleva meses sin hablar con su marido y su hija pequeñita no para de llorar preguntándole porque su papá ya no la llama. Tras hablar con la mujer y ponerle un poquito al día de que su marido está bien y que debe haber problemas con los teléfonos, me comenta que mandó varias cartas con el contrato de otro teléfono a autorizar, y nada. Sobra decir que él no recibió ninguna carta. La señora me ruega super emocionada que, por favor, que si me manda dinero, que su marido no tiene ni mantas, ni un miserable abrigo. Y, bueno, yo le dije que tranquila, que hable con él o cuando mi compañero me vuelva a llamar y le diga todo lo que necesita, yo me encargo de conseguir lo que pueda y hacérselo llegar.

Siguen sin poder hablar por teléfono, desconozco el motivo, de momento mi compañero y yo les mantenemos en contacto. Todo esto me ahoga y estoy rabiosa de impotencia y asco. Yo, por mi parte, aquí lo tengo complicado, porque no hay una sola persona que se involucre y yo conozca, pero hago lo que puedo. No es la primera vez ni, por supuesto, será la última, que busque cosas necesarias y las lleve, pero me gustaría proponeros algo que ya hacen en otros sitios. Una recogida de ropa, mantas, toallas y demás, para poder llevarlo a los presos. Esto sólo es una proposición pero para mí, de verdad, es muy importante y me pongo en el lugar de todos esos seres humanos y primero se me caen las lágrimas de tristeza e impotencia, pero luego intento por todos los medios dejar de preocuparme y ocuparme de lo que humildemente pueda.

Lanzo desde aquí la idea, esperando sugerencias sobre cómo ponerla en práctica o que, al menos, nos planteemos el problema del abandono en que se encuentran muchas personas presas que han sido trasladadas lejos de su familia y amigos o que, sencillamente, son indigentes, e intentemos buscarle alguna solución.

Vanesa Moreno Guío

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